domingo, 18 de octubre de 2015


La Globalización y su Influencia en la Sustentabilidad del Desarrollo Mundial
 I LA GLOBALIZACIÓN EN CUESTIÓN


El fenómeno de la globalización ha sido analizado e interpretado a partir de variadas y encontradas interpretaciones. Determinados autores identifican en este espectro posturas ante el fenómeno globalistas y optimistas y otras detractoras y pesimistas (Beck, 1998) (Leis, 1995). Hay incluso quienes sostienen la idea de la pluralidad de las globalizaciones (De Sousa, 2001). Es indudable que en el mundo contemporáneo operan tendencias planetarias fuertemente orientadas hacia una determinada unificación del mundo cuya fuerza es mucho más intensa de las que se han conocido en el pasado. Somos testigos de una progresiva conjunción intercultural a través del cual se están articulando todas las sociedades y los múltiples niveles de actividad humana están conformando un sistema interdependiente que combina y recombina espacios y temporalidades.

No obstante, la apología dogmática del tipo de globalización difundida por el neoliberalismo ha llevado a sus exponentes a sostener la tesis de la inevitabilidad de una globalidad homogénea, uniformadora, promovida por un puñado de Estados y corporaciones multinacionales. Estamos hablando de una globalización impulsada por la expansión del mercado internacional que no integra sino que fragmenta, que genera desigualdades extremas y deterioro ambiental acelerado y que promueve una erosión y de las identidades.

En este esquema el término globalización es fundamentalmente un eufemismo que denomina a un imperativo comercial de la expansión planetaria de las multinacionales que tiene lugar en un marco de controles reguladores evanescentes. Cabe aquí distinguir entre lo que significa, por un lado, un proyecto hegemónico que busca imponer la masificación, un orden económico excluyente de inmensos contingentes humanos, un pensamiento único y una uniformidad cultural que tiene por modelo a la versión más caricatural y reducida de la cultura de masas norteamericana; y por otro lado la articulación real o potencial que de manera creciente configura órdenes de interconexión entre identidades societarias de distintas dimensiones.

II GLOBALIZACIÓN Y CRISIS ECOLÓGICA: EL SURGIMIENTO DEL DESARROLLO SUSTENTABLE

La globalización y sus dilemas constituyen un aspecto fundamental del mundo contemporáneo. La globalización designa a un tiempo de mercados globales y calentamiento global, con una brutal y creciente división entre los ricos y los pobres y con una progresiva difusión de la preocupación ambiental. La amplitud de la crisis ecológica y su creciente reconocimiento mundial luego de la llamada "Cumbre de la Tierra", realizada en Río de Janeiro en 1992, han puesto sobre la escena mundial la posibilidad de percepción de un destino común, signado por amenazas que no reconocen fronteras ni nacionalidades.

Para algunos vivimos una comunidad de destino (Boff, 1994): el destino de la especie humana está asociado estrechamente al destino de la biosfera. El alcance de los peligros que acechan a la vida humana en el planeta es revelado de manera minuciosa por informes, diagnósticos, prospecciones, estadísticas y escenarios que tienen como base un sofisticado despliegue tecnológico de detección y evaluación de desequilibrios. La sorprendente precisión de los modelos climáticos aumenta rápidamente poniendo en evidencia patrones de deterioro ambiental en todo el ámbito planetario. Las percepciones de ciertos riesgos ambientales se globalizan; fenómenos como el calentamiento global (efecto invernadero), el deterioro de la capa de ozono, la reducción de la biodiversidad convergen en una atmósfera aparentemente favorable a la conformación de una "conciencia común cosmopolita" (Beck, 1998: 66) ante los peligros globales.

Con el despliegue de la preocupación ambiental global la imagen de la "astronave Tierra" parece más popular que nunca. Ciertamente ésta es una imagen muy difundida y en buena parte plasmada en el imaginario de grupos que muestran interés y preocupación por la situación del ambiente. Se trata de una idea asociada a las nociones de supervivencia y seguridad del globo que dependen de los cambios que han inducido en la gente la percepción de que todos los humanos estamos en una gran nave espacial. Y la difusión de ésta imagen ha propagado simultáneamente la idea de que en toda astronave}, como ocurre con los autobuses, aviones, barcos y trenes, la mayoría de las personas son meramente pasajeros cuyo destino y seguridad descansa en las manos de una élite (expertos, hombres y mujeres de ciencia, tecnócratas); este último aspecto había ya había sido advertido por Hans Magnus Enzerberger a finales de los años ochenta (Enzensberger, 1988). Además, siendo que el propósito fundamental de un grupo de personas que están abordo de una nave espacial es el de sobrevivir, la calidad de una vida culturalmente significativa pasa a un segundo lugar como objetivo

Agreguemos la consideración de que, dadas las limitaciones y condiciones de una nave espacial (incluso la de un artefacto sofisticado como los que podemos observar en ciertas películas de ciencia-ficción), la metáfora de ambiente y naturaleza asociada a la nave refiere a un ámbito simplificado y uniforme refractario a la posibilidad de diversidad natural y cultural. Esta focalización en los problemas globales ha generado imágenes distorsionadas de los problemas ambientales regionales y locales, presentándolos como problemas de interés global que afectan a un patrimonio común de la humanidad y, en consecuencia, deben ser abordados y manejados globalmente (Gudynas,1993). La distorsión permite omitir el hecho de que el ambiente es primaria y eminentemente local, que la Naturaleza se diversifica creando nichos, entrelazando lo local en su propia red. De la misma forma se ignora que las intervenciones y adaptaciones humanas permanentes en esos ámbitos son también fundamentalmente locales e incluyen instituciones, prácticas sociales, formas organizativas y universos simbólicos diversos.

En este contexto ha surgido un discurso identificado con un globalismo ambiental cuya expresión más difundida se resume en la fórmula del desarrollo sustentable Si a comienzos de los años setenta del siglo pasado, ante la amenaza percibida en un crecimiento desmesurado de la población, la avidez de recursos y la inadecuación ambiental de la tecnología, el objetivo de salvar al mundo se pretendía alcanzar a través de una fórmula simple, drástica y radical : la imposición de límites al crecimiento (Behrens, 1973); a mediados de los ochenta la idea de sustentabilidad fundamentada en una buena gestión de los recursos naturales y una economía "respetuosa de la biosfera" surgió como una opción atrayente, menos traumática. No obstante, a pesar de su amplia aceptación y recurrente uso el lema del desarrollo sustentable muestra signos de desgaste.

Popularizado por el "Informe Bruntdland" (CMAD, 1987) y legitimado en la Cumbre de la Tierra, el desarrollo sustentable fue definido como un proceso de cambio en el cual la explotación de los recursos naturales, la dirección de las inversiones, la orientación del desarrollo tecnológico y el cambio institucional se encuentran todos en armonía, permitiendo así incrementar el potencial presente y futuro necesario para la satisfacción de las necesidades y aspiraciones humanas. Esto supone la adopción de ajustes dinámicos en relación a factores institucionales (tales como el estado, la comunidad y el mercado), factores económicos (que incluyen las inversiones) y factores científico tecnológicos, pero por sobre todo la definición plantea una distinción entre necesidades y aspiraciones. Dichas necesidades son referidas al contexto de la pobreza en el mundo y las aspiraciones a los patrones de vida básicos. Igualmente se establece como elemento normativo la idea de garantizar la satisfacción de las necesidades de las generaciones presentes y futuras.

El proceso de cambios que se deriva de esta idea incluye a los ecosistemas, la demografía y las estructuras políticas y asume una perspectiva planetaria para preservar la sustentabilidad de los ecosistemas sobre los cuales descansa la economía global, procurando garantizar también la sustentabilidad de los ecosistemas. Visto así el concepto de sustentabilidad se presenta como una formulación imprecisa que no establece distinciones entre las diferentes necesidades humanas culturalmente determinadas, ni entre aquellas de los países altamente industrializados del "centro" del sistema económico mundial y los países pobres de la "periferia"; ni tampoco entre las necesidades humanas y los deseos de los consumidores en relación a la satisfacción de aquello lo cual se orienta la mayor parte del consumo en el "centro" (consumo que, obviamente, también tiene una determinación cultural).

Otro tanto puede decirse en relación a la falta de distinción entre las necesidades de las generaciones actuales y las de las generaciones futuras cuyos patrones culturales tampoco tienen que ser los mismos. Por último, si el término sustentable significa hacer que las cosas duren más tiempo, que sean más permanentes y durables, cabe preguntarse ¿qué es lo que se quiere sustentar o hacer perdurar?

En la recurrencia al desarrollo sustentable como modelo para poner en práctica medidas efectivas para resolver los cada vez más graves problemas ambientales subyace un campo de confusión conceptual, enfrentamiento entre variados intereses y disputas ideológicas. En este marco, la ideología globalista ha hecho suya la preocupación ambiental proponiendo la fórmula de la sustentabilidad como base para una gestión ambiental global que en el fondo lo que busca es la provisión de estrategias de supervivencia al capitalismo (Velasco, 1966). Al término de globalización se adosan ahora nociones de "seguridad ecológica global", "geoecología", etc. (Athanasiou, 1998: 49).

El planeta está siendo remodelado por el cálculo del intercambio comercial y la globalización de los mercados en un frenesí que ignora el contexto y las consecuencias socioculturales y socioambientales del proyecto globalizador neoliberal. En América Latina la expansión de la lógica mercantil ha generado profundas perturbaciones socioeconómicas, culturales, políticas y ecológicas. La perspectiva neoliberal que asume al mercado como el escenario social ideal, en su afán de desregulación e ignorancia de los fines colectivos, ha promovido una gestión ambiental basada en la privatización de los recursos naturales "…otorgando derechos de propiedad y patentes sobre variedades de plantas y animales, y transfiriendo la gestión ambiental a organismos por fuera del Estado y el control social" (Gudynas, 2000).

Esta gestión ambiental, al privatizar bienes y recursos naturales comunes, reduce la Naturaleza a capital natural y convierte a la conservación en mero negocio o inversión financiera cuyo propósito no es la preservación de ecosistemas, especies o procesos ambientales sino la rentabilidad y la ganancia económica. La gestión globalista del ambiente se acompaña de consignas según las cuales debemos "pensar globalmente y actuar localmente" y de llamados hechos por los planificadores ambientales para que la gente se incorpore a una "visión compartida del futuro deseado". Igualmente incorpora una economía ambiental basada en la reducción de los valores y visiones de la Naturaleza a precios y en la concepción del conflicto sociambiental como algo que puede ser resuelto mediante el consentimiento tácito del uso de la negociación mercantil.

El globalismo verde caracteriza a los seres humanos y a la Naturaleza en su conjunto, no por el papel que desempeñan en comunidades o culturas más o menos discretas o autónomas, sino por el lugar que ocupan en sistemas universales y absolutos. Esta visión de lo humano y lo natural responde a una constante del llamado pensamiento occidental en el sentido de tratar de reducir los fenómenos a un patrón único de validez universal; es una constante que fundamenta también el concepto de desarrollo. En última instancia, la obsesión de encontrar un criterio universalmente aceptado que sirve para delimitar la respuesta consensual y uniforme a todas las preguntas ha servido históricamente para justificar el colonialismo, la expropiación y el control de sociedades, culturas y patrimonios naturales.

Siguiendo esta misma lógica, al clamar por un desarrollo sustentable que implica una reorganización de las actividades económicas y tecnológicas para hacerlas "compatibles" con la "armonía ecológica" y facilitar su emulación universal, se refuerza el dominio y desmembramiento de totalidades sociales y ecológicas; bosques, sabanas, tierras de cultivo, ríos, lagos y ciénagas o los fragmentos de ellos que aún perduran, son aislados de los tejidos locales de subsistencia y convertidos en substratos para el productivismo y el comercio internacional sin límites. De igual manera, se fragmentan y empobrecen los universos sociales asociados a estos sistemas naturales de los cuales millones de seres humanos derivan sustento, conocimientos tradicionales y significaciones de identificación individual y colectiva; se intensifica el ya avanzado proceso de homogeneización cultural y la precariedad de las bases de supervivencia ecológica y cultural.

En resumen, el globalismo ecológico que pregona la sustentabilidad y asume la política ambiental desde una óptica estrictamente gerencial, hace del productivismo y la eficiencia en el manejo de los recursos naturales un dogma, promoviendo un ambientalismo tecnocrático que ignora toda referencia a la ética, las relaciones de poder y las identidades culturales.
Referencia
 Francisco Javier Velasco Páez. CENDES-UCV
http://www.ucla.edu.ve/dac/compendium/compendium10/globalizacion.htm

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